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sábado, 4 de agosto de 2007

De los atardeceres

I

Vuelve la pregunta sobre sí misma
en su cándido resplandor anidan cuervos
son las voces de otros sordos como ciegos
enterrados, en busca, de bruces, entre tanto.
Alrededor se agitan, huelen, subterráneos y explícitos
una justificación para sus huestes
sumos pontífices al nacer de un día

al nacer de un grito
siglas

Oigo que reclaman.

La voz enmudecida en sombras sigue quieta
la voz callada
busca una historia
ritual sin el peso de los hombres
tan de carne y tan de hueso.

Nadie más los necesita.
Nadie más es su virtud.

(Escrito y dirigido por Peta)

Tríada de una cosa

El espejo está empañado

aquí, puedo señalarlo
justo aquí
-un punto-
con el dedo más largo
-ese que besabas hasta gastarlo,
y volverlo el más pequeño
incluso que el más pequeño-.

Espero al voltear tu rostro
el gesto indescifrable o cifrado
leyéndome en el espejo,

pero el vapor que apenas vemos nos evade, nos demora
y yo recién termino el mensaje
tu rostro con un gesto indescifrable
o cifrado.

Lo más trágico de hablar sola

es hacerlo acompañada.

La gente que deambula
que habla sola
puede ser heroica
llevarnos a las lágrimas:
da de tumbos
conmovedora
llevarnos a una risa muda:
conmovedora.

A menos
-siempre hay “menos”-
a menos que a su lado
se pinte la sombra de la locura
un cojear de pierna extensa
un malabarismo muscular
tan sano.

En ese caso
solo en ese caso
hablar sola
deja de ser una gracia
solo en ese caso
acompañada.

Malas compañías

Ayer aprendí a encender un cigarrillo
nada más.

Lo vi consumirse poco a poco
pitado por pulmones aéreos
solo, sin una boca,
sin un silencio o una tristeza o un frío.

Era triste. La verdad
era triste.

Entonces lo acerqué
despacio
sin compasión, si bien es cierto, pero despacio
y justo antes de besarlo
pensé:

nada más.

Lo dejé solo,
apagándose ya.

(escrito y dirigido por Peta)

viernes, 13 de julio de 2007

Mito de Plumas y su corcel de plata (versión ene)


...la leyenda original se perdió antes de acaecidas las más altas acciones del joven Plumas, mientras las palabras tardaban en formarse entre los retardos del pensamiento casi curioso, totalmente seguro, los testigos menguaban por la falta de afecto -producto de la falta de efecto-, las lunas empañadas y la Luna empeñada de esperas en las que no cabía nada más y nada menos que Plumas, su perfil recortando la ciudad de su color, su boca entreabierta por admiración, susto y ese bostezo traidor de ilusiones.


Ahí, él era Plumas, pero Plumas no era él. Era otra cosa más sombría, algo que se iba antes y después, pero nunca en el momento en el que su ímpetu calzaba con sus mejores ideas, unas en las que el color brotaba gratis por las azoteas.


También música.


No había voz. Sobraba, en todo caso, algo que decir. Las palabras llegarían luego. Plumas seguía esperando no la redención de un trato benévolo de la memoria, sino un orden confirmado por las nubes: dibujaban pies, dibujaban alas, cierta vez su rostro en la misma posición en que miraba, o al menos eso pensó cuando vio la aglomeración de esponjas en tensión por no dejar de ser lo que eran.


En otro lado de la otra mitad de la ciudad, su corcel de plata aguardaba caprichosamente el asfalto. Se diría que estaba viejo, pero era pura espera el fermento de su letargo.


(Plumas veía las nubes. No quería volar.)


A veces su corcel de plata amenazaba a todo cuanto veía con una postración definitiva. A veces pensaba que era mejor dejar los ronquidos que animaban el silencio de sus noches para ser lo que toda máquina desea en última instancia: ser nuevamente mineral callado, siquiera piedra. Pero en ningún momento eso pasó la frontera del deseo ominoso, ese suplemento sano de la vida activa.


Prefería perder todo ruido en la carrera, asumir estados sin esas penas y sin esas glorias.


Pero la ciudad nunca nos deja en paz: su mayor virtud (cruel virtud) es juntarnos una y otra vez. La tarde en la que Plumas sintió la presencia de su corcel de plata anticipada por una culpa antigua, una vocación de atraso por el atraso mismo, corroboró los colores, la música y sus inconmensurables ganas de no volar.


Dejó atrás las nubes y ascendió con su corcel del plata hacia ningún lugar.


(recopilado y vuelto a armar por La Joven de la Perla)