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miércoles, 7 de abril de 2010

Contar

¡Otro abril! ¡Faltan ocho días! ¿Qué significa eso?

Que todavía sé contar.

viernes, 13 de noviembre de 2009

Lugar

¿Ya he escrito sobre este lugar? Es posible. He andado la vida por aquí. Cuando mi vista se ha cansado de ir por paredes, ha señalado los mismos senderos para huir, y en todos los casos ha regresado a mis talones. No tendría nada de raro si esto fuese un círculo. Pero es mi sombra y casi la tuya.

martes, 27 de octubre de 2009

Dos días de una vida en la que nunca estuve

1
Voy a contar el cuento de ayer. Fue cumpleaños. Quien lo celebraba estaba mal, porque el mundo de la moda es su opuesto invertido. Más sencillo, al ritmo al que van las prendas de algodón, es que se diseñe su ropa. Eso puso mal las cosas, que cuando no funcionan adquieres matices paranormales y casi siempre, por renuncia, fatales. Todos queremos estrenar algo nuevo en días de cumpleaños. Es una manera adecuada de contrarrestar la sensación de que somos un paso más viejos. No hemos hablado sobre eso, sé que no le han caído tan mal como mis 24 (fatales... ya se arreglaron al redondearse en 25... y ya se joderán nuevamente en los siguientes números, tan amorfos: 26, 27...), sé que, cuando finalmente encontramos un par de trapos que fueron muy bien juntos, el sol hizo más sentido, porque ayer el sol se portó bien, cruzamos los dedos durante la semana y así fue.

El almuerzo acabó con el disimulo de mi barriga: creció hasta el punto de una rigidez preocupante. Mientras comía y el vino iba pasando con poco paciencia de la botella a la copa y de ahí a mi torrente sanguíneo, pensaba en ese momento de celebración que me coprometía. Mis ausencias que son presencias, mi cabeza que flota sobre el cuerpo, mis lástimas bienechoras, mis segundos acumulados duera de cualquier línea del tiempo. Con ellos junto un capital, pero presiento una estafa cuando sea viejo y quiera volver, a través del ducto de la fantasía, a vivir mi vida.

¿Qué mejor que estar ahí, mientras? No lo sé, pero floto y nada más basta enterarme para saberme en el fondo, quizá una copa, pero valen también ciertos sábados de cine y pollo frito y, claro, el vino que hace todo fondo más claro y más oscuro.

Mi distracción no evitó las reconciliaciones. De regreso, sin embargo, el sueño que podía ser un cuento de una pesadilla que podía ser un sueño rellenó los espacios en blanco, nada que un poco más de libertad no puliera, pero no hubo libertad y las aristas de lo que no supe resolver clavaron mi paciencia sobre un corcho de desesperaciones, de disgustos tan sencillos, tan inevitables. Cuando mi teléfono es una puerta sé que detrás no encontraré nada. Y estuve tentado de cruzar, una vez más, de la mano de una promesa bobalicona y desgraciada, el marco del vacío, tocar el perfil de quien no me espera o me espera lejos, lejísimos, en un mundo al revés.

Decía que iba a contar el cuento de ayer. Pasamos sin contratiempos yo y el cumpleaños. Los amigos, por más que nos incomprendan y nos destoleren, cuando se juntan y saben querer así, como una multitud despreocupada -equilibrio difícil, apertura indiferenciada que todo lo absorbe en unos y cuantos-, hacen de cada tiempo un lugar acogedor, donde la violencia solo patalea y nunca es del todo cierta. Así fue, las fotos no han declarado falsos estipendios: fue todo un regalo para los demás, bienvenidas, despedidas simétricas.

Y no puedo descreer de los amigos ahora menos. Se celebró un cumpleaños con ellos como hace tiempo no. Á mí me regalaron -en un segundo en la cocina- la oportunidad de un nuevo comienzo. No sé a dónde irá a terminar, pero va a durar mucho, muchísimo.

2
Día de ciencias ocultas: lo peor: profecías sobre la televisión; lo mejor: el viejo Kant y los insultos solapados en el edificio de sus categóricos. La mañana fue un cuarto menguante cuando no un naufragio. Salí vivo con ayuda el buen amanecer de mi mamá. El sol... La alegra, pero ella lo alegra más. Ambos brillaron como hace tiempo no.
El medio kilo de chocolate que todavía resiente mi organismo (fue una casualidad, inverosímil como tal, pero nada más que una casualidad) me mantuvo alerta como una avispa, suspendido en mi desesperación matutina. Aunque todo se concentraba en el remolino de las cinco (que desde hace tanto empezó a girar y que hoy enfrenté con el más limpio estupor del que fui capaz), pude distraerme entre las horas. Me comporté como un ejemplo para mí mismo bajo la sombra de una promesa: mantener la cordura al menos durante aquellas horas.

Para ser sincero, estuve lejos de la versión premeditada y sí, la irrealidad y la prisa del voyeurismo postergado le ganaron la partida a cualquier tipo de presencia. Nadie me puede achcar que no lo intenté, pero la tensión del ambiente no se cristalizó en nada.

Conocí a un animal risueño (me lamió un costado de la boca). Comí galletas con atún. Di ejemplos sobre diferentes tipos de morales (en el fondo, perdido entre todas, ¡pero qué claridad, qué estatua de tipazo!). Regresé a mi guarida, feliz en algún lugar perdido de mi barriga, triste en casi todas las demás partes, lógicamente coordinado en mis proyectos de sonrisa que hasta el momento llevan casi el día completo, pero parece que no pasan de un leve gesto, quizá cierto.

Ya olvidé esa llamada para el olvido. Espero que la reciba. A mí me corresponde estropearlo todo y a él darle un orden.

pd. ¿Tendrá una pesadilla?, ¿me la contará luego? Apuesto que preferirá olvidarla o, peor, preferirá olvidar contármela. Mañana veremos.

lunes, 1 de septiembre de 2008

Optimismo/pesimimso


Era la primera vez que lo sentía. La miró a los ojos o eso creyó. Pensó luego: el optimismo promete lo que no da; el pesimismo da lo que no promete.

Igualmente la besó.

domingo, 19 de agosto de 2007

En tus manos


Esta noche vendrás como ayer. He prendido la lámpara que te gusta, la que te hace hablar sobre el pasado y sus profecías. Estarás quieta un momento, fingiendo que piensas, y luego olvidarás que te quiero mientras miras las nuevas fotografías. Yo, por mi lado, estaré en tus manos, rodando entre su sudor, porque no puedo esquivarlo, porque no me dejaste morir antes.

lunes, 23 de julio de 2007

Insomnios de abril (parte 1)

Antes de que comenzaran los insomnios, durante todos los días y las noches que había pasado con Gabriela, Marco tenía la sensación de que las cosas iban por el camino correcto, aunque le costara bastante definir –cuando, en medio de la actividad más anodina (llenar un vaso con agua, retirar los protectores del retrete, revisar los niveles del auto) lo asaltaba una desazón difusa, pero constante e incisiva, por las escurridizas fechas del calendario, que sin querer sumaban ya más de un mes- exactamente los términos de ese acierto. Sabía que la relación era incipiente, que siquiera empezaban a conocerse y que estaban en esa fase en la que dos personas se sienten profundamente unidas pero se piensan aparte, y que, a medida que el tiempo siguiera pasando, las sorpresas serían mayores, que poco a poco estas dejarían de ser tales para pasar a ser el simple fermento de una rutina que no tardaría mucho en saturarlo. Aún sabiéndolo, Marco encontraba en ella un encanto que parecía soportar cualquier escéptica especulación sobre él, y que, por más absurdo que le sonara, parecía tener la cualidad de no aburrirlo. En principio, Marco había creído que era su plena juventud, porque fue precisamente eso lo que lo llevó hacia ella y, quizá, la causa principal por la que se arriesgó a empezar algo de nuevo, cuando solo unos meses atrás había jurado nada más que encuentros fugaces, algo de diversión para aligerar la resaca de su reciente estrepitoso fracaso sentimental.

Pero no era juventud exactamente lo que Marco encontraba en el menudo y flexible cuerpo de Gabriela. Ella era seis años menor que él –en abril próximo cumpliría 22- y su comportamiento no estaba ni un paso después ni uno antes del punto en el que temporalmente estaba ubicada. A juicio de Marco, Gabriela se encontraba libre tanto de la aberrante prisa por ser una arpía materialista –es decir, una adulta en sentido urbano-, como de la estúpida despreocupación o el falso candor con el que algunas mujeres jóvenes buscaban cubrir su ineptitud por afirmarse frente a sus parejas. Entre esos dos estereotipos, que eran los límites de lo femenino en el imaginario de Marco, Gabriela se paseaba con la soltura de una fantasía, y él estaba dispuesto a sacrificar más de lo que en un principio calculó como inversión necesaria para conservarla.

Gabriela, por su parte, consideraba a Marco simplemente como un hombre excepcional. Para sus fronterizos veintiún años, sus experiencias con hombres no eran pocas. Su primer novio lo tuvo a los catorce, cuando todavía no vivía en la capital, a escondidas de sus padres, muy conservadores y creyentes de esa amalgama inestable llamada catolicismo provinciano, que combina los crucifijos con la lectura de horóscopos y una ética no exenta de pautas maquiavélicas y de ecos escabrosamente musulmanes. Sufrió todos los errores de las primeras relaciones y no fue la excepción a los lugares comunes. De cuando en cuando, todavía creía encontrar los rasgos de ese primer novio en ciertos tipos rudos que se topaba en discotecas o bares, y la desconcertaba hallarse mirando, un poco suspendida de la situación, esos rostros entre el ruido y el ajetreo de las noches capitalinas. A los diecisiete, tuvo su segunda relación seria, en el mismo año en el que terminaba el colegio, con un chico de su misma promoción. Se llamaba Hugo y era un chico bueno. A Gabriela le costó creer que hubiera chicos así en la capital, que amenazaba en todos los sentidos, y fue esa impresión más que un verdadero enamoramiento la que lo acercó a él. Quizá por eso Hugo sufrió un certero proceso digestivo dentro de la relación, y pasó de muchacho modelo a ser el tipo más aburrido del planeta, y con ello un detrito en el cada vez más veloz mercado de los afectos. Gabriela nunca lo recordaba, aunque el aburrimiento de los últimos meses de relación –duraron dos años juntos- la había marcado de tal forma, que para ella era el síntoma inequívoco del desamor. Después de Hugo todos los amores fueron veloces, sin que eso mermara su intensidad. Fueron experiencias en las que aprendió a equilibrar el puñado de lecciones un tanto borrosas que su adolescencia le había dejado, y a tentar algo semejante a las certezas.

El resultado era una mujer clara, a veces demasiado explícita, pero incluso en esos momentos respetuosa de lo que en última instancia ella creía que nunca debe negociar una mujer, su intimidad, y con una seguridad infranqueable que no estaba fundada en nada más que en su propia conciencia, lo que la hacía una mujer feliz en situaciones en que otras solo estarían cómodas. Esa claridad le permitía evaluar sin muchos aspavientos los cambios que una vida como la que ella disfrutaba le traía, y aprovechar lo mejor posible lo mejor que quedaba, sin que diera atisbos, ni superficial ni interiormente, de superficialidad o ligereza en sus pensamientos.

Marco apareció en un momento de su vida aún en tránsito, cuando varias decisiones serias esperaban una resolución que afectaría su vida inexorablemente en un sentido igualmente serio y por eso mismo teñido de esa aura tan siniestra que expele la madurez definitiva. Fue ese contexto el que la ayudó a entender la relevancia de Marco en su vida, el hecho de que no se había topado con un hombre común y corriente. Cualquier otro hubiera estorbado sus planes, y la hubiera colocado en el lugar que asumen los padres cuando pontifican la necesidad de olvidarse de los demás (y en parte, de uno mismo) para cumplir con los objetivos de la vida. Hubiera sentido con una nitidez insoportable que empezaba una relación (casi como sentir que termina). Marco, por el contrario, ingresó sin rituales de por medio, y ella siempre tuvo la impresión de que estaba regresando a un estado que había perdido y que ahora reclamaba el sitio natural que le correspondía en su vida.

Por eso, el día en que Marco le propuso mudarse a su departamento (cosa que Gabriela jamás había considerado como posible en el corto plazo, algo de la educación de sus padres subsistía en sus prejuicios), una tarde de helados y conversaciones ligeras, ella le dijo que sí, como si se hubieran citado para hablar sobre el tema y ella hubiera meditado en las últimas semanas sobre el sí o el no, cuando en realidad era una situación cuanto menos sorpresiva.

-Si me mudo a tu casa, debo rehacer mi rutina y supongo que tú también –dijo Gabriela, más allá de su propia preocupación. Comía su helado lentamente, como queriendo contrarrestar la velocidad de los cambios que se venían.

-Para mí no será un problema mayor-dijo Marco. Pensó lo que iba a añadir y prefirió callarse. No le convenía traer a colación a Paola en esos términos y menos cuando ya había obtenido lo que quería.

-Tienes razón, es mejor verlo así –dijo Gabriela, sin saber muy bien a qué se referían sus palabras.

Luego, un poco más atenta a la situación, añadió:

-Me imagino que esas cosas se ordenaran con el día a día.

lunes, 21 de mayo de 2007

Abril sin consecuencias


Entiendo y sobre todo valoro las justificaciones privadas, las que son casi un murmullo: abril está fuera de mi camino y el inefable rastro de vacío que ha dejado en mi cabeza merece el pedazo de día que quiero calcinar en su nombre, o en la ausencia de su nombre. Abril equivale, en la sumatoria de horas que he sabido acumular, a dos corazones o al mío. En abril he querido mucho, quizá suficientemente, pero no he terminado de perdonarme en esos intervalos.

La prueba es que esta vez, hasta ahora, mayo ha resultado más de lo que esperaba y, dentro de él, he resultado menos. Estuve a punto de voltear hacia atrás, de buscar garantías en rostros esquivos (en un cuaderno está escrito su nombre): me arrepentí de lo que no hice pensando que lo había hecho. Pienso, cuando no resisto más, en el juicio que ella va a acomodar cuando termine de escribir esto, cuando termine todo.

Abril se ha ido como un sueño, el más cierto después de por lo menos tres años.