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martes, 27 de octubre de 2009

O este

Para saber qué es lo más lejano que en estos momentos me afecta debo romper un espejo.

A los pedazos resultantes añadirles una simple pregunta, coda del silencio, por cada duda que alguna vez hizo sombra y hoy es un exceso de la verguenza.

La distancia se ha hecho en el tiempo dos pedazos más breves pero dos.

Tus manos regresan de color incógnito. Se han demorado tanto... No importa
entonces que se estrellen boquiabiertos contra las órbitas de mis despojos.

¿El revés de una fantasía?, ¿insulto para las verdaderas esperanzas?, ¿en qué mundo estoy, que me causa estupor todo menos las afrentas?

martes, 18 de agosto de 2009

Hoy amanece el llanto

Máscara del piel
los soles te amenazan con la sal de un mito al fuego.
Ciudades por venir se abren y gritan bocinazos
alegres del reloj y sus miserias y su siempre mismo sentido de reloj
empujándonos
como soldados de juguete que matan y marchan por las órdenes de sus piernas y
quién sabe qué más en los resortes o
por el amor que espera para alinear la sangre
cuando el sol se oculta a solas con los sueños
cuando ya no queda nada que llorar.

miércoles, 20 de agosto de 2008

Casa y carretera

Un hombre.
Un hombre sale de su casa.
Un hombre sale de su casa a medianoche.
Media porque él mismo la ha partido.
Llueve.
Va por alguien.
No sabe quién.
Lo sabe mucho menos allá fuera a medida que avanza.
Por el frío
que no deja sentir más que frío.
Y por la prisa
porque salió así sin más.
Un hombre
fuera de casa.
Medianoche.
Él mismo la ha partido
sin saber por quién.

martes, 31 de julio de 2007

Ver a Bergman


La película que menos he entendido (parte de una curiosa lista que mucho dice a fuerza de no haberme dicho nada más que una frustrante y alentadora confusión) es Faces, de John Casavettes.

Luego de ver a Bergman, sigo sin entenderla, pero me gusta más.

viernes, 22 de junio de 2007

Réquiem por Mr. R


Como en el fin de una mirada en cada estúpido parpadeo, el mundo resiente la partida de una criatura significativa: Mr. R ha dejado de existir. No caeré en la tentación: está muerto, aunque para mí nunca estuvo vivo más allá del contraste minúsculo y arácnido entre el blanco y el negro. Mr. ha dejado de existir. Pudo ser un camión, un cohete o fuego. Fue su cuerpo, naturalmente. Murió en ese sentido lamentable que está ahí fuera y tan dentro de la filosofía hoy. Pudo ser ayer (de hecho, fue hace ya varios días): ha dejado de existir. Salió de combate, porque quizá es ahí donde, sin conocerlo, lo extrañaré siempre: en aquella situación ficticia en la que su cuerpo resistía la historia a la que se opuso para reescribirla. Su cuerpo, entonces, no era un accidente más: era la naturaleza que reinaba como un punto en medio de todo lo que no es un punto. M con la trascendencia. Se murió su cuerpo. Se murió: ha dejado de existir. Su retórica resistirá tanto como pueda. Ha dejado de existir.


Veamos. Con dos formas predilectas de pensar, quiso que fueran solo una: la transparencia de la palabra por la palabra misma (ella siempre escapa, está a mi lado y también debajo de mis dedos, en este réquiem). La aparición de la verdad como su negación radical y, por tanto, como su sustento original. Mr. R veía, antes que cosas, lugares, y, lo que es mejor, siempre sabía estar en ellos. Un lugar como una maceta. Un lugar como una nube. No importaba. En un lugar, al fin y al cabo, solo se está.


El lugar era otro desde que él sembraba su desconfianza, por supuesto. Donde antes había (nuevamente por puro ejemplo y puro disparate) barro, lombrices y una pequeña planta solar, Mr. R. se sentaba complacido a conversar, sin la menor intención de fundar nada que no fuese su propia charla. ¡Cuántas veces estuvimos juntos viendo crecer palabras donde antes cabía menos que una venia al pasado. Ni las lombrices (y ahora estoy siendo menos arbitrario) eran necesarias cuando Mr. R. quería ver y pensar, caminar sin miedo hacia lo que estaba más allá. Cuánto, si no, fundó en eriales que ya habíamos dado por terrenos fértiles para edificios de oficinas postales.


Mr. R., sé que estás muerto y no me escuchas (sé, sin pesar, que vivo la historia sería la misma). Mr. R., sé que hay homenajes innecesarios. Este lo es. Paso estas palabras con la misma delicadeza con la que todavía miro las tuyas, sabiendo la sideral consideración que coloco antes de pensarte.


Junto palabras como hubieras justificado, las revuelvo en tu nombre. La generosidad de tu propuesta, si bien no me lo agradece, me da un lugar enorme (entre lombrices) para descansar sobre ellas.