domingo, 18 de abril de 2010

El aprendizaje de la distancia

El ideal de la amistad es volvernos a todos animales los unos a los otros, relacionarnos de esa manera que pone en suspenso la decisión de sentir para solo sentir. Eso, lamentablemente, es imposible en una ciudad como la nuestra: hemos heredado el aprendizaje de la distancia precisamente para juzgar. No nos cansamos de pedir, entre bocinazos, condominios y preguntas retóricas, unos metros para respirar mejor, abrazar vía correo electrónico y decirnos hola y sobre todo adiós.

De El adversario (2000)

"Ese tipo está muy enfermo, los pisquiatras están locos por permitir que le juzguen. Él se controla, lo controla todo, así es como aguanta, pero si se ponen a hacerle cosquillas ya no puede controlarse, estallará delante de todo el mundo y le aseguro que será espeluznante. Creemos tener delante a un hombre, pero en realidad ya no es un hombre, hace mucho tiempo que ha dejado de serlo. Es como un agujero negro, y ya verá usted, nos estallará en la cara. La gente no sabe lo que es la locura. Es horrible. Es lo más horrible que hay en el mundo".

viernes, 16 de abril de 2010

Cuestión de orden

Si me acordara, te díría que fue una noche inolvidable.

jueves, 15 de abril de 2010

Las dos opciones

Ante los hechos, dos opciones, siempre. Pero vamos a lo nuestro: pergeñamos un textito, nadie lo comenta, algunos gestos negativos.

Opción 1: El texto es genial y nos envidian.

Opción 2: El texto es una mierda y la reacción es honesta.

Solución: la socrática.

Con ella, las dos opciones, en realidad, son una: nosotros. Y el mundo tendrá esa forma. Mira que no es poco.

viernes, 9 de abril de 2010

Inspiración/ expiración

Se escribe con el sonido de las cosas allá afuera y con el eco de esos sonidos acá adentro.

jueves, 8 de abril de 2010

Caricias virtuales (a veces eso hace daño)

Con los brazos cruzados, el saco de su sastre parecía una camisa de fuerza. Su rostro, sin embargo, había perdido cualquier atisbo de disgusto.

-Muy bien -le dijo una vez que pidió su café y el mozo desapareció entre la mesas.

-Muy bien -repitió él sin ironía.

Ella, que no había dejado de mirarlo desde que lo vio sentado con un libro al lado a través de la ventana de la cafetería, abrió los ojos de par en par. No, tú no. Tú no puedes...

-No qué. ¿Qué es lo que no puedo?-la interrumpió él.

Ella, con el mismo ímpteu, completó:

-Tú no puedes decir "muy bien". Ni siquiera lo he dicho yo. He querido decir otra cosa. No te hagas. Sabes a lo que me refiero.

El hombre se miró las manos antes de volver a sostenerle la mirada.

-Estás esperando una explicación-dijo él.

-Así es, estoy esperando una explicación-dijo ella.

Esto me va a costar, pensó.

-Yo lo veo tan simple...-tomó aire otra vez y otra vez lo volvió a exhalar como si estuviera cansado de hablar.

Ella aprovechó la pausa para recrminarlo. ¡Ah, claro que era muy simple! Su tono de voz indicaba el inicio de una ligera excitación. Se había estado aprovechando de ella. Era tan simple como eso.

-Pero quiero saber por qué, por qué si éramos amigos.

El hombre probó un par de cucharadas de su café, y con una anciana paciencia lo movió, una, dos, tres veces, y volvió a probarlo.

-No me he aprovechado de ti-recusó con una desidia inaudita-. Me he aprovechado de mi ventana y de que no corrieras tu cortina al cambiarte. Y, bueno, de ciertas coincidencias.

Esperó que la emoción de la mujer siguiera creciendo; en proporción inversa, la calma del hombre, que empezaba a parecer un tanto artificial, acumulaba tiempo alrededor.

-¿Coincidencias? ¡Pero si estabas armado con unos binoculares!-espetó categórica, buscando parecer una madre que recrimina a un niño irresponsable, más que la mujer indignada que era.

-Me refería al hecho de que te mudaras justo frente a mi departamento (hay decenas en este distrito y cientos en la ciudad), que la ventana de tu habitación diera justo frente a la mía, que la urbanística haya determinado apenas unos cuantos metros entre ambas y que todos los días te cambiaras justo cuando yo llegaba del trabajo-respondió sin hacer las pausas respectivas-. No es poco.

Antes de responder, la mujer esperó que se fuera el mozo, que había aparecido con la taza de café.

-Como sea, me estabas espiando -pese a la interrupción, continuaba con el tono tal como lo había dejado pendiente-. Eres uno de esos maniáticos pervertidos y todo este tiempo he estado confiándote cosas sin saberlo. Han sido años, Marco. Años. Y nunca pensé que fueras capaz de...

-¿Capaz de qué? ¿De mirarte? Todos estos años no he hecho otra cosa más que mirarte. Vestida, pero mucho más cerca de lo que están nuestras ventanas-acercó su rostro sobre la mesa-. Y lo voy a seguir haciendo, porque no puedo evitarlo y tú tampoco. ¿O qué piensas hacer cuando camines por la calle?, ¿usar un velo?

Ella se llevó la taza de café a los labios y se recostó en el respaldar del asiento, lo más lejos posible del rostro amenazante de su mejor amigo o de lo que quedaba de él. Distrajo su mirada en la carátula del libro. De mujeres con hombres, Richard Ford. Un par de sorbos después, continuó.

-No seas cínico, Marco, no conmigo. Esperaba una explicación convincente y una disculpa. Solo eso. Pero veo que no solo te escondes para mirar a tus vecinas mientras se desvisten.

Marco sonrió. Era la primera vez que parecía intentar una provocación.

-Es lo único que puedo explicar. Te miraba y, con los prismáticos, te seguía mirando. Y el porqué es el mismo: tu belleza: de lejos, de cerca, con ropa o sin ella. Son solo formas de tu belleza y a mí solo me corresponde mirarlas. Discúlpame, pero me gustas. A veces eso hace daño.

Dedicatoria

Pensaba llegar y encogerme al calor de una hoguera encendida con estas palabras, pero estás fría y tu nombre no me permite más que un reclamo vacío.